Jamás abandones tus sueños
—me dijo—
Y ¿qué pasa cuando tus sueños se han marchitado? —pensé —
Cuando la carne se carcome y el cuerpo se va pudriendo lentamente, tan despacio que la agonía se vive a cada segundo y se hace interminable.
Cuando tu piel huele a muerte y cargas con ese perfume constantemente, olfato de flor amustiada; espera desquiciada.
Cuando se aparenta vigor mientras tu alma se ha necrosado; sonrisa bufónica sin intención de sobrevivir.
Cuando no hay paz donde debería y el final se ve cada vez más lejano, ese ademán orquestal que acabaría con todo lo poco que queda de mi.
Jamás abandones tus sueños
—me dijo—
Por supuesto que nunca lo haré
—vociferé—