La tierra está en calma, no ha escupido recientemente;
cruje, se acomoda, duerme de nuevo… “y sin embargo se mueve”.
El viento la acaricia, la mima, la purifica y le proporciona cariño;
el mar la refresca, la apasiona, intenta seducirla y satisface sus necesidades.
“Ella” (sí, en femenino), intuye que sus espacios se modifican lentamente,
que se abren y se contraen dimensionando los cuerpos; apretando.
“El” (sí, en masculino), intenta sofocar el fuego iniciado por astros,
prendiendo a su vez, candelas de esplendor; profundizando.
“Ellos” (ambos) confirman la necesidad de mantenerse “avantes”
de concientizar que la vida no es sólo un estado permanente, si no,
que es un terremoto de sentimientos, que chocan y se separan ritmicamente.
La tierra está tranquila, no quiere estornudar;
no se altera, todo lo contrario, sonríe y disfruta;
el aire le intima, roza sus núcleos, le genera exaltaciones;
la lluvia la limpia y lubrica, atempera sus entrañas;
los demás le siguen, la consuelan y velan su sueño.
La tierra está en bondad y no quiere despertar;
“Ella”, a pesar de “él” y de “ellos”, de las fuerzas que ejercen los astros,
sí “Ella” (con mayúscula), sigue y seguirá en paz.
(en la serie automatismos diarios)